Sobre la alienación y la salud mental en el mundo moderno, y la necesidad de una nueva cosmovisión.
En su Nueva visita a un mundo feliz Aldous Huxley retoma (en forma de ensayo) las reflexiones que le llevaron a escribir Un mundo feliz en los años treinta. Comienza citando a Erich Fromm, en el capítulo dedicado al progreso de la Psicología, para explicar sus opiniones al respecto:
“Nuestra sociedad occidental contemporánea, a pesar de su progreso material, intelectual y político, ayuda cada vez menos a la salud mental y tiende a socavar la seguridad interior, la felicidad, la razón y la capacidad para el amor del individuo; tiende a convertirlo en un autómata que paga su frustración como ser humano con trastornos mentales crecientes y una desesperación que se oculta bajo un frenético afán de trabajo y supuestos placeres”.
Comparto, en buena medida, la visión que Huxley tiene del mundo moderno: una sociedad atrapada y esclavizada a sí misma. Tras los resultados de la Segunda Guerra Mundial y, tras ello, del fin del bloque soviético, hemos caído en una desenfrenada carrera consumista, un tren a toda velocidad que no dispone de frenos. Gastamos la mayor parte de nuestras vidas en fabricar un excedente que, en realidad, no necesitamos. Pero como el excedente sin consumir significaría la ruina de todo Occidente, creamos necesidades falsas (mediante la publicidad) para convencernos de que deseamos consumirlo. Compremos, o el mundo habrá llegado a su fin. Y buscamos en ello una felicidad inalcanzable: en la riqueza, en el trabajo, en los objetos. Y lidiamos día a día con el estrés, con la cultura de masas, con la homogenización. Las modas (cada vez más fugaces) son parte inseparable del sistema. Como burros persiguiendo la zanahoria, corremos desfogados por el camino equivocado. Fromm, por supuesto, tenía razón. Nos dirigimos, a este ritmo, a ser incapaces de amar y alcanzar la felicidad. E intentamos, desesperados, de encontrar algo más allá: intentamos abrazar al budismo, o ensalzamos ilimitadamente el amor. Y el resultado lo tenemos ante nuestros ojos: la neurosis, el estrés y la depresión aumentan sin cesar. Sigo citando a Fromm respecto a las enfermedades mentales:
“Huyamos de definir la higiene mental como la prevención de los síntomas. Los síntomas no son como tales nuestro enemigo, sino nuestro amigo; donde hay síntomas hay conflicto y el conflicto siempre indica que las fuerzas vitales que luchan por la integración y la felicidad siguen combatiendo todavía (…) Muchos de ellos son normales porque se han ajustado muy bien a nuestro modo de existencia, porque su voz humana ha sido acallada a una edad tan temprana de sus vidas que ya ni siquiera luchan, padecen o tienen síntomas, en contraste con lo que al neurótico le sucede”.
¿Es entonces la felicidad inalcanzable en el mundo moderno? Y hablo de la verdadera felicidad, no la ausencia de emoción que proclamaba Buda, o los sabios estoicos, o la escondida senda que defendía Fray Luís de León. Decía Freud que sólo hay dos formas de ser feliz en esta vida: una es ser idiota, y otra parecerlo.
Robert Robinson, en su Introducción a la Psicología Jungiana, nos dice: “Beethoven, Thoreau, Lincoln y Einstein, por ejemplo, estuvieron todos ellos sujetos a intensos sentimientos de depresión a lo largo de su vida. Tal experiencia es común en aquellos que recorren un largo amino por el sendero de la individuación, porque descubren que siempre hay más oscuridad a la que enfrentarse”.
¿No estarán los psicólogos luchando contra algo inevitable? Como los médicos victorianos: buscando curar las enfermedades con sangrías y medicamentos, mientras la población muere a millares a causa de la pobreza y la suciedad. Quizá luchen contra el enemigo equivocado. Quizá, lo que es peor, trabajan para el enemigo. Fuerzan a los pacientes hacia la mayoría, a regresar a la media. A normalizarse. Mantienen el sistema, le dan fuerza. Son sus soldados, sus alienadores profesionales.
En una carta sobre la obra de Dostoievsky, Herman Hesse afirma: “el primero y más agobiante de mis problemas no fue nunca el estado, la sociedad, o la iglesia, sino el ser humano individual, la personalidad, el individuo único que no ha sido reducido a una norma.” Lo que de verdad plantea Hesse, como lo hicieron Nietzsche y Dostoievsky antes que él, es la necesidad de una nueva ética integradora, una ética que asuma la muerte del dios judeocristiano y la liberación mental que ha logrado el desarrollo científico. La moral del superhombre de Nietzsche, la religión que adora al Abraxas de Demian. El hombre moderno se encuentra dominado por una moral arcaica y un materialismo sin sentido. Atrapados entre la ausencia del sentido y el estrés, caemos en el neuroticismo, la depresión y la esquizofrenia. Skinner se equivocaba en las herramientas para edificar su "sociedad científicamente construida", pero no en sus motivos. Tengamos valor para luchar por la por la humanidad autorrealizada con la que Maslow soñaba, por la humanidad trascendente que vislumbraba Hesse. El límite es el cielo, y hace siglos que nadie custodia sus puertas.
Bibliografía recomendada
- Un mundo feliz y Nueva visita a un mundo feliz, de Aldous Huxley. Hay una edición muy recomendable de Edhasa que incluye ambos libros.
- El miedo a la libertad de Erich Fromm.
- Demian, de Herman Hesse.
- Filosofías del Underground, de Luís Racionero.










